Os voy a contar una historia. Una historia agónica. La historia de un chaval que no quería ser diferente.
Un chaval que desde pequeño no buscaba la diferencia. Un niño sincero, sensible, que con el paso de los años se ha convertido en algo diferente, que no conoce, que odia.
Un chaval que en el colegio era atacado, herido. Tachado. Insultado. Etiquetado por friki, antisocial y maricón, pese a que él no demostrase nada de ello.
Un chaval que sólo busca hacerse un hueco y dejarse llevar. Un chaval que no puede ser feliz porque no puede alcanzar lo que busca, lo que anhela, lo que le hace persona.
Un chaval que tiembla ante una cara desconocida.
Un chaval que esconde todo lo que es por miedo al rechazo.
Un chaval que se ríe cuando ve a alguien que busca la diferencia. La diferencia está en las pequeñas cosas, y él lo ve todo grande.
Un chaval que quería ser normal. No quería sobresalir, no quería nada que conllevase la diferencia. Pero nació con ello.
Porque el chaval era diferente, pero hacía cosas normales.
Un chaval que pasó del colegio al instituto. Completamente marginado. Encontrando amigos que al poco desaparecían. Los demás no querían a un bicho raro como amigo. Y él no quería ser un bicho raro.
Un chaval que empezó a ir por el mal camino, como tantos. Por inercia, porque los demás lo hacían. Porque estaba empezando a formar parte de la manada.
Manada que cuando empezaba a conocerle, se alejaba.
Y ahí está el chaval. Sólo como la una. Mirando por la ventana deseando ser alguien que no es. Pensando sobre su vida desperdiciada.
Un chaval que no sabe si bañar su vida en alcohol, ahogarla en un pozo de agua o callarla a punta de pistola.