lunes, 22 de abril de 2013

Amor y sangre.

Abrí lentamente los ojos. La habitación era oscura, apenas iluminada por una bombilla en el fondo de la habitación; era pequeña, gris y no tenía muebles. Hacía frío. Mucho frío. Sólo podía ver una escalera de madera en la penumbra, y arriba, se distinguía una puerta de metal. Oía un repiqueteo, como un metal golpeando el suelo. Me dolía la cabeza. Intenté llevarme las manos a las sienes, pero algo frío y duro no me permitía moverlas. 
Noté cómo mi corazón se disparaba. Miré mis muñecas. Unas esposas aferraban firmemente mis extremidades. No podía moverme. Desesperadamente, comencé a tirar. Tras varios minutos, desistí. Los golpes que antes sonaban habían cesado, y de entre las sombras salió una chica. Rubia, mediana altura, piel pálida y suave como una nube… Era inconfundible: Victoria. Llevaba una navaja entre sus manos. 
-No intentes escapar, no lo vas a conseguir. Miré sus ojos azules. Una sonrisa maquiavélica iluminó su rostro. Se acercó a mí lentamente. Se agachó y me miró directamente a los ojos. 
-¿Estás cómodo? 
Estaba mudo, no sabía qué responder. 
-¿Te ha comido la lengua el gato?-pregunta. Jugueteaba con el cuchillo. 
-Yo… ¿qué…?-tartamudeaba. 
-¿No sabes qué haces aquí, verdad? ¿Estás confuso?- sonreía.- Te dije que esa zorra te iba a dejar tirado… 
 -¿Qué…? 
De repente, todo me vino a la mente. No sabía hace cuando, pero Victoria me había llamado llorando, algo le pasaba. Fui corriendo a su casa, y cuando llegué… se volvió todo negro. 
-Sabía que tenía razón, ¡siempre la tengo!-. Reía a carcajadas. 
-Nadie me ha dejado tirado- conseguí articular. 
 -Sí, la zorra que se hace pasar por tu chica no va a venir a ayudarte, y eso significa, ¡que te va a dejar tirado!-. Seguía riendo. Ahora, bailaba haciendo círculos. Había enloquecido. De repente, paró. Se volvió a agachar y me empezó a acariciar la cara.- Pero tranquilo, estoy yo aquí para estar contigo. Siempre lo he estado. A partir de ahora, podremos estar juntos… ¡para siempre! 
-No… ¡No! Déjame en paz. ¡Te dije que me dejaras en paz! 
-Sé que realmente no quieres eso-. Empezó a susurrar- En realidad, me deseas. Quieres amarme como yo te amo a ti. Estamos solos. Podremos amarnos de todas las maneras… 
Se abalanzó sobre mí. Empezó a arrancarme los botones de la camisa que llevaba, lamiendo cada parte de piel. Yo suplicaba: 
-¡Déjame! ¡Para de hacer eso!-Gritaba.- ¡Basta! 
De repente, paró. En seco. Me miró a los ojos. La sonrisa no se había borrado de su cara. -Vamos a estar juntos para siempre. No lo vas a poder impedir. Juntos, en el cielo-. Miró el techo de la habitación.- Y la zorra se va a ir al infierno, ¡como todas las de su calaña! Tendremos tiempo para disfrutar de nuestro tiempo. 

Abrí mucho los ojos. Había comprendido el mensaje. Lo que quería era matarme y… 
-¿Me vas a matar?-Susurré. Dos lágrimas rodaron por mi mejilla.- ¿Por qué? 
-Porque te quiero. 
No había terminado de hablar cuando ya había alzado la navaja. Descargó toda su furia sobre mi pecho, rompiendo todo lo que había allí, hasta llegar al corazón. Un dolor comenzó a recorrer mi cuerpo, empecé a desfallecer. La oscuridad empezó a atormentarme. 
Lo último que vi en vida fue cómo Victoria se degollaba con una sonrisa de felicidad. 

***

Este texto lo escribí hace mucho tiempo, y lo he traído aquí. Espero que os guste.

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Dispara, prometo que no me dolerá.