Todo estaba oscuro. Mira sus manos, pensativo. Se enciende un pitillo y se levanta del sillón. Observa la habitación en penumbras y da un paso. Lentamente da otro paso. Despacio camina hasta la cómoda y abre un cajón. Alguien irrumpe en la habitación.
-Para.
-Qué quieres.
-Que pares.
-No.
Ambos se quedan quietos, en la penumbra.
-¿Intentarás detenerme?
-Intentaré convencerte.
-Tú ya no puedes hacer nada por mí. Te alejé de mí. No quiero saber nada. No quiero entender a los demás. No quiero seguir sintiéndome culpable.
Silencio.
-Yo renuncié a ti, así que déjame en paz.
Silencio.
-Ya no eres mi conciencia.
-Ya no tienes conciencia.
-Es justo lo que necesito.
Bajó la mirada hacia el cajón. Cogió lo que había dentro.
-Hay otras soluciones.
-No, no las hay.
Silencio.
Disparo.
Silencio.
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Dispara, prometo que no me dolerá.